Futbol Palencia

El último pitazo en La Balestera

Los mejores recuerdos de los seguidores del CD Palencia están indiscutiblemente unidos a al estadio La Balestera. La antigua edificación, construida en las riberas del río Carrión, fue el escenario de los momentos más importantes del futbol palentino.

La tarde del 12 septiembre de 1943, el árbitro daba el pitazo inicial partido entre el Club Deportivo Palencia y el Atlético Aviación, con el cual fue inaugurado el estadium. Los aficionados escapaban por un rato a los rigores de la postguerra, aupando al equipo morado.

Sus canchas fueron testigo de los cambios del club y sus sucesivas denominaciones. No obstante, la fanaticada asistió puntual a los encuentros, sin importar cómo se llamara su equipo. Otras labores se dejaban de lado en pro de apoyar a su oncena.

Incluso la institución eclesiástica vio con buenos ojos que uno de sus miembros dedicara la tardes domingueras a patear el balón en La Balestera.

Hablamos, por supuesto, del párroco Rafael Núñez, quien no cambió la camiseta morada por la sotana, sino que las alternó durante años, manteniéndose apegado a su doble fe: el fútbol y la iglesia. Desde que en 1973 fue firmado como titular del Otero Club de Fútbol, uno de los equipos precursores del Palencia, Núñez no falta un domingo a su cita futbolera.

Incluso aquella tarde de junio de 1976, cuando ofició su pimera misa como sacerdote en la catedral, el padre Núñez vistió la camiseta número 6 y junto con su equipo celeró la victoria 2-1 frente al Caranbanchel.

Aún La Balastera no contaba con su cubierta metálica, instalada apenas un año después. Mucho menos se pensaba en remodelar su fachada o mejorar los accesos. Estas obras debieron esperar casi 20 años, hasta que en 1995, con motivo de un encuentro de la selección sub18 de España, se decidiera acometerlas.

Nada impedía a los seguidores del Palencia acudir a sus gradas. Hasta el punto de que fue necesario ampliar su capacidad, pasando de las 6.000 plazas iniciales hasta las 12.000 que contaba en su etapa final.

Y es que la ciudad entera se paralizaba cuando había juego en La Balestera. No había cerrajeros de urgencia, ni meseros que pudieran servir un chupito sin atender al partido. La vida giraba en torno a esos once que en el campo de juego se sudaban el orgullo de pertenecer al Palencia.

Luego comenzaba la semana, y jugadores y fanáticos volvían a la realidad. Oficinista, fontaneros, maestros y guardias civiles, todos cumplían su rutina. Y entre sus filas se colaban algunos de los jugadores que la tarde anterior habían corrido la cancha.

Porque en las divisiones menores ya se sabe que el deporte es una afición más. No hay salarios jugosos, o al menos dignos, que permitan llevar una vida dedicada al deporte.

No sólo ha sido el padre Rafael Núñez quien ha compartido su vida entre dos profesiones tan dispares. Hay futbolistas enfermeros, lampistas y agricultores. Cualquier profesión es bienvenida en el fútbol de tercera división.

Pero volvamos ahora al párroco futbolero y hagamos mención a uno de los días más tristes de su historia futbolística. Aquella tarde del 1 de octubre de 2006 cuando entró por última vez a La Balestera para darle al campo la extremaunción.

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